¿Cuál es el mejor momento para que los niños empiecen a aprender un segundo o incluso un tercer idioma? La neurociencia y la investigación sobre la adquisición del lenguaje coinciden cada vez más: cuanto antes, mejor.
El aprendizaje del idioma comienza al nacer
Estudios neurocientíficos demuestran que el aprendizaje de una segunda lengua puede y debe comenzar poco después del nacimiento. Durante la infancia, el cerebro crea hasta tres mil millones de conexiones sinápticas por segundo, absorbiendo experiencias sensoriales con una eficiencia notable. Como señala Kotulak (1997): «Todo lo que un bebé oye, ve, siente, saborea y toca es absorbido por el cerebro y almacenado en sus células de memoria».
Entre los 6 y los 8 meses, los bebés pueden tener alrededor de 1000 billones de conexiones sinápticas. Este período representa una oportunidad inigualable para la adquisición del lenguaje, una oportunidad que disminuye gradualmente a medida que el cerebro comienza a podar las conexiones en etapas posteriores de la infancia.
Antes de los 10 años: una ventana crítica
A los 10 años, es posible que aproximadamente la mitad de esas conexiones sinápticas se hayan perdido en el niño promedio, pero las bases para el aprendizaje de idiomas ya están sentadas. Las investigaciones indican que los niños expuestos a otros idiomas antes de esta etapa tienen más probabilidades de adquirirlos de forma natural y precisa, imitando la pronunciación y la entonación de un nativo.
En cambio, los niños que aprenden una segunda lengua después de los 8 o 9 años pueden tener éxito, pero su aprendizaje suele implicar un esfuerzo más consciente y una fluidez menos instintiva. Los estudiantes más pequeños no solo diferencian los sonidos con mayor facilidad, sino que también los reproducen con mayor eficacia, un factor clave en el aprendizaje de idiomas como el mandarín o el inglés.
Preparación e inmersión temprana
Las señales de preparación para la exposición a un segundo idioma pueden incluir la curiosidad del niño por nuevos entornos, como la emoción al visitar nuevos lugares o interactuar con nuevas personas. Esta apertura suele estar relacionada con un nivel de comodidad que facilita un mejor aprendizaje del idioma mediante el juego, la exploración y la socialización.
Las investigaciones también demuestran que los niños pequeños tienden a desarrollar una fascinación natural por los ritmos, los sonidos y el vocabulario de un nuevo idioma. En cambio, los estudiantes mayores pueden volverse más cohibidos, lo que puede inhibir su disposición a hablar con libertad o a asumir riesgos, ambos esenciales para el éxito en la adquisición del idioma.
Aprendizaje a través de la inmersión
Los niños pequeños adquieren mejor una segunda lengua cuando se sumergen en entornos que reflejan cómo aprendieron la primera: mediante la interacción, la exposición rutinaria y el uso contextual del lenguaje. Esto se puede fomentar en casa, en aulas bilingües o mediante programas de inmersión que ofrecen un equilibrio entre la comunicación estructurada y la natural.
Reflexiones finales
La exposición temprana a segundas lenguas sienta las bases para obtener beneficios lingüísticos y cognitivos a lo largo de la vida. Para familias y educadores, apoyar el bilingüismo temprano no se trata solo de aprender a hablar otro idioma, sino de formar estudiantes seguros y adaptables, preparados para prosperar en un mundo multilingüe.
A continuación, educadores de escuelas internacionales comparten cómo diseñan programas de idiomas tempranos que fomentan la curiosidad, la fluidez y la ciudadanía global en los estudiantes más jóvenes.
